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El reciente episodio ocurrido en una escuela de la provincia de Córdoba volvió a exponer el tratamiento desproporcionado que gran parte de los medios tradicionales realiza sobre cualquier hecho vinculado al cannabis. Portales como Diario Crónica, La Gaceta y Elonce eligieron palabras como “escándalo”, “intoxicación” y “hospitalizados” para construir una narrativa de alarma social alrededor de brownies infusionados con cannabis consumidos por estudiantes secundarios.

Sí, hubo una situación que requería atención médica y acompañamiento adulto. Sí, cualquier consumo en menores merece abordaje serio, responsable y preventivo. Pero también es necesario decir algo que casi ningún medio explicó: hasta el momento no trascendió que existiera riesgo vital ni cuadros graves permanentes derivados del cannabis ingerido. Y eso cambia muchísimo la discusión.

La cobertura mediática omitió contexto esencial y reforzó un viejo reflejo prohibicionista: asociar automáticamente cannabis con caos, peligro extremo y descontrol juvenil. Curiosamente, ese mismo tono rara vez aparece cuando se habla del alcohol, la sustancia psicoactiva más normalizada y dañina entre adolescentes argentinos.

Cada comienzo de clases trae consigo el fenómeno del “UPD” —Último Primer Día— donde miles de estudiantes consumen cantidades excesivas de alcohol durante toda la noche antes de ingresar al colegio. Las consecuencias son conocidas: intoxicaciones etílicas severas, accidentes viales, violencia, pérdida de conciencia, internaciones e incluso muertes. Sin embargo, el tratamiento mediático suele moverse entre la anécdota pintoresca y el “rito adolescente”.

Ahí aparece la doble vara.

Porque mientras una cerveza patrocinando eventos deportivos parece invisible para la indignación televisiva, un brownie cannábico activa placas rojas, móviles en vivo y discursos de “amenaza social”. El problema no es informar: el problema es informar mal, exagerando riesgos y eliminando toda posibilidad de educación real sobre reducción de daños.

Lo que los medios casi nunca explican sobre los comestibles con cannabis

Los brownies o alimentos infusionados con cannabis tienen características muy distintas al consumo fumado y requieren información clara para evitar malas experiencias.

Cuando el cannabis se ingiere, el THC es metabolizado por el hígado y convertido en 11-hidroxi-THC, un compuesto que puede generar efectos más intensos y prolongados que la inhalación. Por eso los efectos pueden tardar entre 30 minutos y 2 horas en aparecer, dependiendo del metabolismo, si la persona comió previamente y la dosis utilizada.

Ese retraso suele ser el principal problema: muchas personas creen que “no pegó” y vuelven a consumir más cantidad. Ahí comienzan las experiencias desagradables como ansiedad, mareos, taquicardia pasajera, náuseas o confusión temporal. Son episodios que generalmente remiten con hidratación, calma, acompañamiento y tiempo.

También es importante remarcar algo básico de seguridad alimentaria: cualquier brownie, con o sin cannabis, puede representar un riesgo sanitario si fue elaborado sin higiene adecuada, mala conservación o ingredientes contaminados. La manipulación responsable de alimentos es clave en cualquier preparación casera.

La solución nunca será el pánico moral ni el sensacionalismo televisivo. La solución es educación, prevención y reducción de daños.

Explicar dosis.
Explicar tiempos de efecto.
Explicar por qué los comestibles deben mantenerse lejos del alcance de menores.
Explicar que no todos los organismos reaccionan igual.
Explicar que mezclar sustancias aumenta riesgos.

Eso salva más que cualquier titular catástrofe.

En Argentina todavía persiste una enorme deuda comunicacional respecto al cannabis. Mientras avanzan debates científicos, médicos e industriales vinculados a la Ley 27.350 y al desarrollo de la industria del cáñamo y cannabis medicinal, parte de los grandes medios continúa atrapada en un enfoque noventoso donde cualquier derivado de la planta debe convertirse automáticamente en una amenaza pública.

Informar con responsabilidad también implica poner las cosas en perspectiva.

Porque si realmente preocupa la salud de los adolescentes, entonces el debate tiene que incluir seriamente al alcohol, la educación emocional, la salud mental y las políticas preventivas integrales. Demonizar selectivamente al cannabis mientras se romantiza el exceso etílico juvenil es, como mínimo, intelectualmente deshonesto.

La conversación madura sobre cannabis recién empieza. Y cuanto más información de calidad circule, menos espacio habrá para el miedo fabricado.

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