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En una decisión que marca un punto de inflexión, el entorno político de Donald Trump habilitó el avance de terapias asistidas con psicodélicos para veteranos de guerra que enfrentan trastornos psiquiátricos severos. El foco está puesto en el tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEPT), la depresión resistente y las adicciones, problemáticas que golpean con fuerza a quienes pasaron por escenarios de combate.

El dato que empuja esta medida es crudo: en Estados Unidos, se estima que alrededor de 17 veteranos se suicidan por día, según reportes vinculados al Departamento de Asuntos de los Veteranos. Frente a este panorama, terapias con sustancias como MDMA, psilocibina e incluso la ibogaína —un alcaloide de origen africano con potencial en el tratamiento de adicciones— comienzan a ganar terreno dentro de protocolos clínicos controlados. Organizaciones como Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies vienen liderando ensayos que muestran mejoras significativas en pacientes con TEPT severo.

La ibogaína, en particular, aparece como una pieza disruptiva. Utilizada históricamente en rituales en África occidental, hoy es investigada por su capacidad para interrumpir patrones de adicción y aliviar síntomas psicológicos profundos. Aunque su uso aún genera debate por los riesgos asociados y la necesidad de supervisión médica estricta, su inclusión en la conversación marca hasta dónde está dispuesto a llegar el sistema en busca de soluciones efectivas.

El impulso político no surge en el vacío, detrás hay años de presión de veteranos, científicos y organizaciones civiles que exigen ampliar el acceso a terapias innovadoras cuando los tratamientos convencionales fallan. Incluso voces dentro del Congreso y del sistema de salud comenzaron a reconocer públicamente que “no se puede ignorar más la evidencia emergente”, en referencia a los resultados preliminares de estos enfoques.

Ahora bien, la pregunta incómoda late debajo de la superficie: ¿no será que estas cifras de suicidio son, en sí mismas, una consecuencia directa de la guerra? ¿No será que estamos intentando reparar con moléculas lo que se rompe con balas? Tal vez el verdadero debate no sea solo cómo curar, sino por qué seguimos generando heridas. Porque mientras existan conflictos armados, la fábrica del trauma no se detiene. Y quizás, en algún punto, la solución más profunda no esté en el laboratorio, sino en animarnos a imaginar un mundo con menos guerra… y más vida.